Paz mental. Relato online (1): A la tercera...
Comienza un relato por entregas. Una cita Tinder. Tras comprobar que ambos son el target adecuado, solo queda dejarse llevar. ¿Qué podría salir mal?
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| Ha chateado demasiado. Confunde a Ignacio con Javier y Roberto |
No sabe porqué ha quedado con él. Y por tercera vez. No es que le parezca mal pero por más que indaga, no sabría decir qué le ha traído aquí. ¿Será curiosidad? Él tampoco está entusiasmado pero ahí está. Tipo funcional, bien arreglado, como tantos y tantos otros. Habrá visto posibilidad de profundizar en esta relación y va a continuar.
—Los que se conocen por una aplicación no suelen pasar de la primera cita.
Ella se hace la tonta y deja pasar el comentario. Porque es un tópico que no les afecta a ellos y porque no le apetece enfrascarse en sociologías de salón sobre las relaciones en tiempos de Tinder. Y menos aún, entrar en un análisis sobre ellos dos.
Él acaba de pedir la cena. Ha elegido por ella porque sabe mucho de restaurantes peruanos. Si sabe tanto de eso como de relaciones personales, estamos listos, piensa ella en un fogonazo de humor absurdo.
Tercera cita. Promedio de tres horas por cita. Ha hablado con él en siete horas más que con ninguna otra persona en los últimos seis meses. Como a la vez ha chateado con muchos otros aspirantes, tiene que concentrarse para no confundir las historias que él, Ignacio, ingeniero informático, 47, le cuenta, con las de Roberto, bibliotecario, 52, o Javier, enfermero, 48. Para optimizar sus match, Lucía sigue los consejos de su amiga Raquel, que desde el principio le ha dado unas pautas muy claras. Nada de desempleados, cuarentones que viven con sus padres ni gente que esté en tratamiento psiquiátrico o tenga subempleos.
En la primera cita se entrevistaron uno al otro con más o menos habilidad. Su objetivo es que no pareciera un cuestionario, aunque lo pareció. No sacaron nada en claro de aquello. Solo que eran dos personas que pasaban mucho tiempo solas, que la madurez se imponía por más que quisieran esquivarla, y las pandillas de amigos, los planes multitudinarios, noches en bares y discotecas, habían quedado lejos. Unas pocas relaciones para cada uno de ellos, cada vez más espaciadas y menos intensas.
El camarero trajo los pedidos. Arroz chaufa y causa limeña, ceviche y anticuchos, todo para compartir. Cuando ve los platos sobre la mesa, ella disimula su decepción. No le gusta comer pescado crudo y de las vísceras no aguanta ni el olor. Pero tampoco es para tanto, se dice a sí misma. Que vas a parecer la princesa del guisante. Y con tal de no crear mal ambiente, prueba la comida, come un poco, lo justo para no quedar mal.
Él le cuenta una trama incomprensible de posible acoso laboral. Dice que en su empresa, alguien se introduce en algunos ordenadores mientras trabajan y mediante un control remoto abre y cierra ventanas, borra partes del código que están escribiendo… Ella piensa, aunque no lo dice, que el tópico de los informáticos frikis está cargado de verdad. Su trabajo es muy diferente. Como enfermera de un centro de salud, recibe el agradecimiento de muchos pacientes. También tienen sus problemas y siempre, una sobrecarga de trabajo, pero alguna vez toma café con alguna compañera.
Él la mira fijamente. Agradece verse escuchado con tanta atención. Baja un poco el tono para ganar confidencialidad y le dice: Creo que es mi propio jefe el que nos hackea. Se quiere deshacer de nosotros. No ha podido evitar sonreír. Le ha hecho mucha gracia. Piensa que si le gustara tratar con el prójimo, no se hubiera hecho ingeniero informático. Su móvil vibra. Aprovecha una visita que hace al baño para mirar. “Dale una oportunidad”, le escribe Raquel. De tan pendiente como está por la cita, pareciera que está sentada en la mesa de al lado. Se encoge de hombros, la vista perdida, ausente de golpe.
Con gesto enérgico, él pide la cuenta. Preferiría no haber visto la bandera de España en su muñequera. No es que sea una antisistema pero sabe que mucha gente que luce la bandera se alinea con ideologías que no le gustan. Tampoco pasa nada, princesa del guisante, has visto cosas peores.
Llega la cuenta y aunque ella intenta pagar su parte, él se impone sin retroceder.
—Tú pones las copas. Aquí cerca hay un sitio que está muy bien… Bueno, solo si te apetece…
Salen y mantienen el silencio durante unos instantes. Él se siente bien. Es la tercera cita y está sabiendo llevar la conversación. Parece que se lo está pasando bien. Ella ha preferido no poner resistencia, aunque si de ella dependiera, no habrían tomado la copa. Adaptarse, dejarse llevar, es lo que le dice su amiga que tiene que hacer. Lo está poniendo en práctica y lo que siente es algo bastante cercano a la paz mental.
Cinéfilo In Black

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