Mi firma en la pared (Adelanto exclusivo de Contra muros invisibles)
Lee un fragmento de Contra muros invisibles. Si te llama la atención, aquí te lo cuento todo. eBook gratis hasta el 31 de mayo de 2026
Siempre le ha gustado la caída de la tarde, sobre todo cuando empieza la semana. La ciudad se prepara para descansar. Coches de vuelta a ritmo mortecino. Cierran los comercios, las farolas despiertan y los edificios se recortan contra el crepúsculo rojo, pura contaminación. Las aceras están libres y camina deprisa, sin obstáculos. La mezcla de luces —farolas, coches, neones, anuncios— da un sucio brillo metálico a la ciudad.
Dicen que en estas horas sale Muelle a deambular y pintar. Va solo para evitar distracciones y controlar la situación, atento a los coches de policía, a los bravucones padres de familia. Eso es lo que dicen ya que nadie ha estado ahí para verle. Muelle no deja que le vea en acción ni siquiera otro graffitero. Como si fuera un superhéroe, buscando la popularidad y a la vez oculto entre sombras. Nadie le consigue ver pero todos ven su firma. Aunque alguna vez sí se ha dejado ver. Hace no mucho salió su foto en una revista, era impresionante. La firma, color morado, dibujada en la palma de su mano, los ojos ocultos tras unas gafas de espejo. De fondo crecían los edificios de Madrid hasta donde abarcaba la vista. Volverá a encontrarse con esa foto más de una vez. Será el recordatorio de que Muelle existe, incluso después de su muerte.
El autobús le deja en la Plaza de Callao. Camina sin rumbo unos minutos y como siempre, llega hasta Atocha. Compra una cerveza en el ultramarinos. Mientras apura un trago ve al vagabundo de la cazadora vaquera desgastada con la firma de Anteno en la espalda. Alguien se lo contó: Anteno, solidario con los humildes, se la regaló firmada el año pasado por estas fechas. Se cruzó con el mendigo, que extendió la mano. La voluntad. Anteno llevaba prisa. Le esperaba la cena en casa. Le dio la cazadora para que no pasara frío pero antes la firmó. Desde entonces se le ve rondando los bares en busca de calderilla, Anteno a sus espaldas.
Desde niño se sintió intrigado por esas firmas de colores vivos que encontraba en el centro de la ciudad, en los pasillos y andenes del metro. Se imaginaba peculiares bandas de mafiosos marcando el terreno. ¿O eran solo gamberros? ¿Eran miembros de una sociedad exclusiva, incomprensible para los adultos? Cuando tenía nueve años, su hermano le trajo un regalo tras una noche de fiesta. Un pequeño muellecito en una caja de cartón que le había dado el mismísimo Muelle. Nunca sabrá si se trataba de una broma de su hermano.
Está cayendo la noche. Se termina la cerveza, se acerca a un buzón de correos amarillo. Ahí estampa con delicadeza, sin prisas, un KURRI. Se identifica con su apodo. Y cada vez hay más gente que le llama así. Es su homenaje a esos pequeños animales verdes de «Fraguel Rock». Siempre construyendo sin saber para qué. Sin quejarse porque son mudos.
Cuando escribe su firma todo lo demás desaparece. Poco importa lo que piensen los que le ven. Intenta no ser descarado pero tampoco se esconde, firma con naturalidad, como si estuviese cumpliendo una obligación. Y se siente mejor. No obedece ningún plan ni protesta en ningún sentido. Simplemente, esta es su manera de estar y de divertirse. Se acuerda de Rulos Punk. Hace poco le entrevistaron en la tele y le preguntaron para qué pintaba. «Pinto porque me gusta y para saber por dónde paso», respondió el chaval de Campamento.
Otra vez le asalta esa sensación extraña, como si pasara cerca El Chico de la Moto.
¿Otra gloriosa batalla por el reino?, se imagina que le preguntaría.
Guarda su rotulador en el bolsillo y se aleja caminando, evaporada la ilusión y de vuelta a la realidad.
No es consciente de que no se cumplirán sus sueños. Ahora eso no importa. Disfruta pintando y disfruta pensando que nunca lo dejará. Ni aunque le cortasen las manos.

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